Y Dios puso en marcha un nuevo plan. Pensó sobre el error cometido con los humanos, dándoles capacidad de elección, libre albedrío y afán de poder. Buscó la forma de enmendar el error; los hombres con sus hembras se habían esparcido por la tierra sembrando el caos entre sus semejantes, ya ningún lugar en el mundo era propicio para rezos y meditación. Dios consideró los errores y trazo el plan que los sofocaría, dejando un mundo más óptimo para el proyecto del Señor, y de su visión divina sobre su divina estrategia para con el mundo, y su custodia, enmienda que desempeñó en su ultima creación, la especie humana. Los hombres, ajenos a la idea de Dios, vivían en comunidades, familias que con la misma unión sanguínea, herencia de generación a generación, crecían aunadas defendiendo el clan, los intereses de su grupo familiar. Siempre alerta a los ataques de otros humanos, también, pero de otros clanes; de la misma especie, pero no de la misma sangre, no del mismo grupo. Siempre en constantes guerras, masacrándose los unos a los otros, por la obtención de sus bienes, sus riquezas, su terreno, sus hembras; los hombres en estas condiciones poco podían dedicar a Dios; su meditación lo despistaba de su enemigo y rezarle a Dios en voz alta les descubría a sus malvados semejantes quienes les daban caza y muerte a los varones, raptando a las hembras y ocupando sus privilegios. Para la estrategia de Dios, consideró, solo debería quedar una familia en la tierra, un solo clan que crecería con el único objeto de proteger el orden en el planeta ocupado, creado a tal objeto, y dedicar su oración, devoción y sacrificio a su creado, su protector, vigilante, deseoso de ser protagonista principal de su obra, semejanza e inspiración. Entonces Dios creo las nubes y enviando los rayos del sol directamente hacia el agua del mar la hizo subir, las nubes se hicieron densas y ennegrecieron cubriendo en un manto el mundo dejando apenas claridad. Los hombres estremecieron cuando la oscuridad era interrumpida por segundos por una intensa luz intermitente que dividía el cielo en dos, seguido de un estruendo sonoro ensordecedor, impactando en la tierra, y eligiendo al azar los seres vivos que, instantáneamente, serian fulminados. Después la lluvia empezó a caer. Los humanos observaron por primera vez como el agua, que habían visto fluir de la tierra hasta entonces, ahora caía del cielo, chocaba en forma de gotas con la tierra, con las plantas, con los animales, y también con los hombres, que sentían frescura en sus cuerpos con asombró al sentir correr el agua por sus rostros. Los hombres, ajenos aún, todos, de la presencia e influencia divina en todo suceso, aceptaron con gratitud la lluvia, aunque se escondían de ella y la fulminante luz que la acompañaba, pero el cielo seguía cubierto, los días transcurrían y no cesaba de llover. Pasados unos meses los humanos miraban el cielo con preocupación, la tierra empezaba a inundarse y aunque les era mas fácil cazar, aunque estaban mas a salvo de sus agresores, los ríos y las montañas expulsaban el agua al mar con tal fuerza que arrastraban todo que tenía al paso, incluso los hombres, que morían ahogados o indefensos a los depredadores que vivían en el agua. Los individuos abandonaban sus clanes, dejaban las familias a su suerte buscando individualmente un refugio para salvar la vida, mientras sus semejantes consanguíneos eran tragados por los ríos, por el mar, y devorados por cocodrilos u otro animal deseoso de presas fáciles. De pronto cesó de llover. Dios dirigió un rayo de luz del sol atravesando las nubes cruzaba en dirección recta por las tinieblas hasta tocar la tierra, dibujando un circulo de luz del tamaño suficiente para que una persona se posara dentro de él. Y aunque el rayo de luz mostraba un estado permanente, y era la única luz que se percibía en todo el planeta, los hombres no se acercaban por temor, por desconfianza, y contemplaban la luz de lejos, recomponiendo sus clanes, absortos aún por los últimos acontecimientos. Los hombres; los que resistieron las aguas torrenciales, que eran muchos menos, pues habían desaparecido todas las familias que habitaban en el litoral, tragadas por el mar, y muchos clanes empujados por las turbulentas corrientes desaparecieron en su totalidad; los supervivientes, se agolpaban con el resto de sus familias sobrevivientes en montículos, cimas, cuevas de altitud refugiándose de la lluvia y los truenos, antes; después, de las corrientes fluviales, de los depredadores y de aquella luz dirigida, constante y cegadora. El clan más cercano al círculo de luz que provenía del cielo era el que llamaban, con el nombre de un antepasado, familia de Jakkó, árbol genealógico de Cammam, descendientes de Abel. Las lluvias, relámpagos y torrentes no habían afectado al clan de Jakkó en gran medida; solo un pequeño grupo había perecido bajo las aguas, cuando se ausentaron, para cazar, de la gran cueva alta donde era hogar del clan y donde apenas se padeció la ira de Dios; que aunque fueron arrasados los trigales y habían perdido chozas, cabezas de reses además del grupo de caza, tenían un buen cobijo dentro de la cueva con suficiente almacenado para soportar aquellas inclemencias. Esta familia no era numerosa, contaba con un centenar de hombres, de entre cinco generaciones, con sus mujeres y sus crías. A pesar de tener un buen refugio y un fértil terreno, esta familia había sufrido durante tiempo constantes agresiones de otros grupos familiares, que sé ensañaban con ellos viéndoles, como eran, un clan frágil, débil, que no dedicaba tanto en defenderse como lo hacia en meditación y oración a su creador. Abel, hijo directo de Adán, primer hombre en la tierra, antes de morir a manos de sus hermanos tuvo dos hijos, y uno solo sobrevivió a las persecuciones de sus primos y tíos, refugiándose en la gran montaña del alcance de estos y pidiéndole protección a su creador. El hijo de Adán educó a sus descendientes en condiciones abruptas,les enseñó a mantener el orden de las cosas y agradecer a Dios su alimento y bienestar en el paraíso creado por él. Los hijos de sus primos habían olvidado la presencia del creador, abandonado por sus padres, que no lo recibieron como educación de los otros hijos de Adán, negando a Dios como padre divino. Solo los herederos de la sangre de Abel, descendientes de Adán, de Cammam, familia de Jakkó seguían entregados a la voluntad de la presencia divina, y solo Dios pensó, ellos deberían ser los únicos herederos del paraíso creado, llamado planeta tierra y añadiría un nuevo sentido a los hombres para la oración, el sufrimiento. Noé, salió de la gran cueva, aún aturdido, pues llevaba meses en levitación, sin luz, sin agua, ni comida, solo en un rincón como una piedra. Los otros despertaron los sentidos del patriarca, cosa que nunca se habrían atrevido de no haber visto aquella luz celestial que apuntaba hacia ellos. Noé miró la luz, escuchando preguntas, comentarios, de los otros a su alrededor, pero no dijo nada, cogio el bastón que usaba para caminar que procedía a su longeva edad, que aun en aquel tiempo, sus casi trescientos años, ya eran muchos. Mirando la luz fijamente, sin hacer ningún gesto, sin mediar palabra ni sonido, se dirigió al círculo de luz, y después de quedarse quieto unos segundos, entro en él. La familia de Jakkó, que después se conocerá con el nombre de su actual patriarca Noé, ahora conoce el plan de Dios, y sus pretensiones, reveladas a su longevo patriarca. Y ahora todo el clan se dedica con apresuramiento, dejando demás quehaceres, a un solo objetivo encomendado a Noé por el Señor ( palabra que se escuchará por primera vez por el longevo quien la ha escuchado por primera vez en boca del Creador). Se les ha ordenado por su divino, en palabras de Noé, construir una gran arca para toda la familia, llenarla de alimento, agua y todo lo necesario para soportar otra tromba de agua, mucho mayor que la anterior, inundará la tierra. Esta arca, les dijo el anciano, será la salvación del clan. Dios, receloso del ímpetu de su plan y la fragilidad de los elegidos, tuvo temor de extinguir la humanidad y pensó la manera de asegurar su éxito. Entonces llamo de nuevo al patriarca con un nuevo estruendo, que entró en los oídos de Noé en forma de palabras. Noé dirigió a sus parientes a un olivo, el más elevado de la tierra, recogieron sus frutos, que antes nunca habían comido porque eran amargos y guiados por el patriarca les hizo comer una oliva a cada miembro, cada mujer, cada cría. Este es el fruto que he creado para ti, el elixir que contiene os reservará de la muerte. Dios había gastado mucha energía para crear el universo, derrochó energía creando el paraíso para su voluntad, y aun falto de fuerzas hizo un esfuerzo sobrenatural para crear al hombre. Cansado, desgastado, y a millones de siglos de su recuperación; Dios no quiso correr el riesgo de perder la especie tan necesaria para su fin, y preservó a Noé y su familia de cualquier accidente fortuito. Le dijo con las instrucciones que nunca morirían después de ingerir este amargo elixir. Preservados de la muerte seguirían después el camino de la vida, y crecerían con más fuerza, se multiplicarían con más rapidez y enseñarían a otras generaciones a no enfrentarse a la voluntad del creador, y a su ira; a actuar según el orden de las cosas y agradecer al padre celestial sus fortunas e infortunios. Además este elixir les privaría de envejecer al momento en ser ingerido y la única manera de volver al señor, de dejar la tierra para subir con él al cielo, de dejar su inmortalidad estéril, podría conseguirse provocando su propia autodestrucción, la muerte de su propia mano y a su voluntad. Con la promesa, de Noé, junto con toda sú família que, después, en el tiempo y cuando estuvieran cumplidos todos los objetivos para con el plan, ellos mismos cesarían la inmortalidad para reunirse con él, y verán la hora de dejar por voluntad el paraíso terrenal dando paso a venideras generaciones que ilustrados ya seguirán con devoción los pasos que conducen al templo de su todopoderoso creador. Noé y los suyos, profundos, y ahora palpablemente, a la devoción del divino, se lo prometieron. Noé y sus hijos, y sus mujeres, y los hijos de sus hijos, todos, los hermanos, tomaron el elixir sin notar nada extraordinario después de su ingestión. Solo dudó Noé una vez. Repartiendo el elixir entre los familiares, el viejo cayó en la cuenta de que un miembro del clan, no tenía sangre de los Jakkó, ni de Cammam, tampoco de Abel. Era un extranjero, nadie sabia de que clan, que fué encontrado de niño, salvaje por el bosque, por el grupo de caza, y que sé quedó adoptado por la familia Jakkó. Noé recordó esto repartiendo la fruta, para lo cual hizo una fila, pasaban uno tras otro, se arrodillaban ante él, posando sus rodillas en las cenizas que habían sido una hoguera, allí ingerían el elixir, así se aseguraban de que todos los que habían tomado la oliva llevara las rodillas sucias de ceniza. Entonces pensó, que Dios no le había advertido de esto y que si hubiese tenido voluntad el divino de la muerte del estranjero, lo hubiera guiado junto con el perecido grupo de caza y razonó, que el extranjero, recogido un crío, ahora tenía más de treinta años y eso lo convertía, consanguíneo o no, en un miembro más de su familia. Considerado esto y aun con dudas Noé llamó a Jhassé, el extranjero se acercó y se arrodilló delante de Noé, y el patriarca le puso en la boca una oliva, Jhassé mastico el amargo elixir y lo tragó. Jhassé no recuerda nada de su niñez. Solo tiene vagos recuerdos del día que fue capturado en una trampa para animales y como fue llevado, presentado al patriarca y la familia. Como fue perdonado y aceptado. Ahora se siente de la familia, ha trabajado, orado e incluso luchado por el bien del conjunto, sin deparar en que alguien tuviese alguna objeción a la hora de negarle cobijo, afecto, ayuda o más aún, el elixir que le salvaría la vida llegado el plan de su, sin duda, creador. Así sea, dijo Dios en un aliento y los hombres escucharon temblar el cielo, seguido de un viento huracanado; de nuevo empezó a llover, el plan divino estaba en marcha. Las aguas, después de un tiempo de llúvia sin interrupción, salieron del mar, después cubrieron las planícies. Los ríos, lagos y estanques quedaban sepultados bajo el agua, ya de todo un mismo mar. Las montañas emergían al relieve marino y con el tiempo, la llúvia sin cesar, solo asomaban los picos más altos de la tierra, inhabitables también, porque la nieve de aquella altura, derretída por la llúvia, formaba cortinas de torrentes que enfurecidos vertían al gran mar. Solo el arca emergía del agua, flotaba, hasta que los remolinos la hundían y de nuevo volvía a salir; quizás por los golpes recibidos, de no tomar el elixir, algunos familiares no hubieran resistido vivos a aquella tempestad multiplicada por el divino imposible de sobrevivir. Dios vió su plan realizado e interrumpió la fuerza divina, y los elementos cogieron tranquilidad, y volvieron, poco a poco, a su estado natural. Los hombre, que quedaban en la tierra y que estaban todos dentro del arca vieron junto a Noé y Jhassé emerger las aguas, volviendo a sus respectivos ríos, mares, y dejando al descubierto las montañas primero y después los valles. Transcurridos los acontecimientos descritos, ya pausados los fenómenos divinos, la tierra vuelve a la normalidad y la embarcación, ya encallada, es abandonada por sus inmortales navegantes para observar, examinar y valorar, sin poner en duda la voluntad del creador, los daños causados al paraíso en aquel diluvio. Además de los descendientes sanguíneos de Caín, hermano de Abel, y además de todas las familias, descendientes de los hermanos de Abel, muertos por el plan, también desaparecieron muchas especies creadas bajo el agua. Otras resistieron el cambio y lograron subsistir dentro de las aguas; otras, huyendo de ser absorbidas por algún torrente optaron por tomar forma de cuerda y se agarraron a las ultimas ramas de los copos, sobre los árboles que resistieron el diluvio con apenas unos metros, unos centímetros de su follaje fuera del agua; otras alzaron sus brazos al cielo y Dios por pena, desgastando aún más su quebrada energía, les dió alas y sobrevolaron el cielo a salvo durante su plan. Después de las aguas, cuando los hombre bajaron del arca, la tierra comenzó el proceso que haría del paraíso un lugar perfectamente habitable. Después del plan, la tierra se hizo más fértil y las especies vegetales crecían con esbeltez, los animales se multiplicaban con obsesiva rapidez, tanto, (había algo también divino en esto y dentro del plan), que las especies no hacían más que nacer, y ya se defendian o luchaban por no ser aniquiladas por sus depredadores, crecian buscando nuevas técnicas de caza, y se multiplicaban, matar o morir; todo por dejar genética heredada, como los hombres, de sus raices antepasadas. ( continuará )...